Una de sus principales preocupaciones era de que todos los hermanos de la cofradía fueran
buenos cristianos. Hasta el día de hoy, por ejemplo, se puede ver en la maravillosa Catedral d e
C h a r t r e s (Francia) los v i t r a l e s d e extraordinaria belleza ofrecidos por los panaderos,
los pescadores, los
viñateros, al lado de los que fueron donados por la reina Blanca de Castilla,
madre del Rey San Luis. La costumbre, impregnada de caridad
cristiana, hacía que los
cófrades del “Noble Oficio” se ayudasen mutuamente en cualquier
lugar donde se encontrasen. Algunos podían ser del norte, otros del sur, pero estaban todos unidos por un vínculo religioso que los llevaba a
auxiliarse en las circunstancias adversas.
Patrones,
trabajadores, aprendices, cada uno conservando su posición, se ayudaban, se protegían y se estimulaban a progresar en la fe cristiana y… en la calidad de los zapatos que fabricaban.
Por ejemplo, los “maestros
juramentados” —en general los zapateros más antiguos— reprendían
severamente a los patrones que no cuidaban de la virtud de sus aprendices, lo que perjudicaba a
los feligreses por la mala calidad del zapato que producían. Al mismo tiempo, daban auxilio a los
hermanos que estaban con problemas en los negocios, a las viudas y a los huérfanos de los zapateros fallecidos. Todos los oficios de la sociedad estaban organizados de la misma forma. Constituían verdaderas hermandades dentro de la sociedad civil, en las cuales circulaba la savia del
Evangelio. Se ufanaban de sus obras de caridad. Por ejemplo, los orfebres de París, consiguieron permiso para, uno cada vez, abrir los días domingos y festivos. El lucro obtenido en esos días se destinaba a ofrecer una comida a los pobres el Domingo de Pascua. “Quien abre su tienda en esos días, deposita en la caja de la cofradía todo cuanto ganó (…) y con ese dinero,
se paga una comida para los pobres del Hospital de París, en el día de Pascua de cada año”.
Todo esto era hecho en una atmósfera de concordia y alegría difícil de entender en nuestros
días. En las fiestas de la ciudad, las corporaciones desplegaban sus banderas durante los desfiles solemnes, disputando preeminencia. Ellos constituían pequeños mundos extraordinariamente dinámicos, activos, y sobretodo, cristianos, que daban a la ciudad su impulso y fisonomía característica.
He aquí una situación pintoresca que ilustra como sucedían las cosas cuando el espíritu de la Santa Iglesia impregnaba a la sociedad civil. El zapatero
Tom Drum se encontró durante el
viaje con un joven noble arruinado, y lo invitó para ir con él.
—Yo pago los gastos, y en Londres nos divertiremos mucho.
—¿Pero como pagarás? Pensé que toda tu fortuna no es más que algunos centavos…—objetó el
hidalgo.
“Te lo voy a explicar. Si fueses zapatero como yo, podrías viajar de un extremo a otro de Inglaterra con apenas un centavo en el bolsillo. En cada ciudad encontraría alojamiento, comida y bebida, sin ni siquiera tener la necesidad de gastar tu único centavo. A los zapateros no les gusta que le falte algo a uno de sus colegas. Nuestra reglamentación establece lo siguiente: si llega a la ciudad un compañero sin pan ni dinero, basta con que se presente. No necesitará preocuparse,
pues los zapateros de la ciudad lo recibirán bien y le darán hospedaje y comida gratis. Y si necesitara trabajar, la corporación tratará de conseguirle un
empleo, así él no tendrá preocupaciones”.